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 (I)
No
es precisamente la protección a la enseñanza de
primeas letras lo que caracteriza la vida en Alpuente en los siglos XVIII y anteriores. Prácticamente no
había escuelas. Solamente en la Villa existía un maestro, pagado por el Consejo,
que se encargaba de atender sólo a los niños. El analfabetismo se extendía por
todo el término y la enseñanza no contaba para las niñas. Estaban totalmente
olvidadas hasta el punto de poder afirmar que la totalidad de ellas eran
analfabetas. A comienzos del siglo XVIII, ser
mujer
era ser analfabeta virtual .Esta centuria estuvo matizada por dicha filsofía y
Alpuente no se escapó de ella.
Fue
el Obispo de Segorbe el que en diciembre de 1.771, en una visita pastoral,
aprecia la ociosidad y poca aplicación que había en los vecinos, por la falta de
Escuelas de Primeras Letras para acoger a los niños y ninguna para las niñas.
Era la escuela el medio más eficaz para desterrar la holgazanería en que se
criaban los jóvenes de ambos sexos e inclinarles al trabajo. Es por esto por lo
que el 17 de diciembre de 1771, envía una carta al Consejo de Alpuente,
precisando la conveniencia de establecer Escuelas de Primeras Letras y de elevar
la asignación al Maestro, que por entonces cobraba unos 12 pesos al año y que
se estableciesen Maestras para la enseñanza de las niñas.
Como
consecuencia de esta carta que el Sr Obispo mandó no solo a Alpuente, sino
también a todos los pueblos de su Obispado, se procedió a aumentar la dotación
de los Maestros en 31 pueblos de la Diócesis y a establecer dicho Magisterio en
los veinte que no lo había. Ordenó que las Escuelas de niñas que se
estableciesen se crearan preceptivamente con separación de las de los Niños para
evitar los perjuicios que pudieran resultar de la unión y mezcla de los sexos.
Se preocupó de dar las normas para elección de los Maestros, que debía de ser
en la misma ciudad y ante el Escribano del Ayuntamiento, pero nombrando como
comisión examinadora a profesores de Latinidad y Retórica del Seminario.
Supervisado por la Iglesia, el nivel de instrucción comprendía entre los
seis y diez años, en el cual el niño aprendía principalmente a leer, ya que la
escritura no la consideraban útil y necesitaba una mayor inversión temporal y
económica. Leer era lo más barato y lo que menos tiempo necesitaba para
aprender. El saber escribir suponía mayor tiempo de aprendizaje, lo que
derivaba en la idea de que sólo era útil para los escribanos, ya que hacían de
ella una profesión. El labrador no veía la ventaja de aprender las primeras
letras.. Su vida y su mundo terminaban en sus tierras y en su casa.
La
escuela en esa época estaba tutelada por la Iglesia y mantenida por el Consejo.
Es en el siglo XIX, en 1812, cuando la constitución de Cádiz recoge y ordena la
creación de escuelas de Primeras Letras en todos los pueblos, recayendo sobre
los exiguos presupuestos de los Ayuntamientos la paga del maestro y la dotación
de las mismas.


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