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El siglo XIX y anteriores, la
instrucción en Alpuente y en general, estuvo dirigida por la Iglesia. Era ésta
la que marcaba las directrices y la encargada de velar por
En el año 1915, en Alpuente había tres escuelas públicas para niños y tres para niñas. Nos ha llegado una relación con el nombre de los Maestrso que regentaban estas escuelas. En la Villa, los ya mencionados D. Jacinto Báguena y Dª Sofía Roig y, para las aldeas, D. Vicente Nogueras, D. Baltasar Sebastián, Dª Amelia Polo y Dª Carmen Polo. Corcolilla que en aquella época era una aldea floreciente, tendría su correspondiente Maestro y Maestra y tal vez el Campo de Arriba, `por ser junto con El Collado, la que más habitantes tenía. En aquellas aldeas que no había Maestro, los niños debían desplazarse a la Villa o a las otras aldeas que si disponían., bien a Corcolilla o al Campo de Arriba. Cada cual se las arreglaba como podía y así por ejemplo, en El Collado en aquella época, los niños acudían a casa de un tal Mendoza, exsargento casado en la aldea y que sólo sabía las cuatro reglas, el que les enseñaba lo poco que sabía. Pero como muy bien dice el tío Ponciano Collado, en una magníficas memorias por él escritas (y de quien me he tomado la libertad de tomarle esta información) “…a la sabiduría no le ponían importancia porque nadie vivía de ella, allí se vivía en esta cultura y en estas condiciones” Y como las memorias de Ponciano Collado son una muestra realista de cómo era la enseñanza por aquellos años de finales del siglo XIX y principios del XX, en esas aldeas y en las que no existía ni escuela ni maestro titulado, las expongo casi al pie de la letra, para que el lector se haga una idea. Fueron escritas en el año 2003 y cuando el autor había cumplido los 80 años de edad. …”La escuela era una habitación grande y rústica hecha por los vecinos. El material que tenían los alumnos para trabajar era una pizarra colgada en la pared, un libro que se llamaba “Catón” y otro que se llamaba “Cartilla”. Con el primero se aprendía a juntar las letras y formar palabras y con el segundo se aprendía a leer, que eran propiedad de los alumnos. El “maestro” (Mendoza) disponía de dos paletas como de cincuenta centímetros de larga y ocho de ancha, con empuñadura para cogerlas con las que se les pegaba a los niños en la palma de la mano.. Había dos, porque cuando se rompía una en las manos de los críos, cogía la segunda y así tenía arreglo hasta que el carpintero le hacía otra. Estos instrumentos eran propiedad del “maestro” pero regalo de los padres. Los chicos que iban a la escuela, chicas no iba ninguna, pues en aquella época ninguna mujer de El Collado aprendió a leer, ni a escribir. Decían los padres de éstas que, para ser ama de casa no lo necesitaban y como existía el machismo, les iba bien a los hombres que las mujeres no tuvieran ese don del saber, y de esta forma reforzar el machismo. Los que iban a la escuela, que no iban todos y, que ni el que iba lo hacía todos los días, cuando sabían las cuatro reglas que seguramente las aprenderían en un año, por la forma en que enseñaba este hombre, habían terminado ya los estudios ya que no les podía enseñar más.. Esta era la forma en que enseñaba… Conforme iban entrando, los niños decían esta frase: “Buenos días, ¿cómo está usted? Con la cabeza descubierta iban sentándose en un banco sin respaldo y, al cabo de una hora, o cuando lo ordenaba el “maestro” , pasaban a dar lección por delante de la mesa de éste, todos con miedo y en grupos de tres. Cuando el primero comenzaba a dar la lección y se equivocaba dos veces, el “maestro” le ordenaba que pusiera la mano en posición para recibir el castigo y le pegaba dos paletazos. Si se equivocaba tres veces, los paletazos ya eran sin contar y lo mandaba al banco a estudiarse mejor la lección. Cuando pasaba el segundo, al ver lo que le había pasado a su compañero, ya no daba pie con bola. Antes de recibir los paletazos, el chaval ya se había orinado encima. Ese iba al cuarto oscuro hasta nueva orden. Si el tercero tenía suerte de saber la lección y como el “maestro” ya se había desfogado, volvía todo orgulloso al banco; pero si el cuarto no tenía esa suerte, le tiraba de una oreja hasta arrancarle hasta desgarrarle la parte inferior. Si pasado el rato no le cortaba la sangre producida, lo mandaba a su casa para que lo curara su madre.. Cuando el “maestro” daba la orden de que se le abriera al alumno castigado en el cuarto, este volvía a dar la lección y si se equivocaba, como era lo más seguro, el castigo era azotarle con una larga vara. Cuando la escena ya había terminado, lo ponía en un rincón de la escuela para que estudiara la lección hasta que salieran todos a comer, saliendo él de la escuela, diez minutos después de salir los demás. Por la tarde se repetía más o menos lo de la mañana. Y así pasaba el día. Por eso al día siguiente el que podía tener una excusa o que lo necesitaba su padre para ayudarle en las faenas del campo, no iba a la escuela. A continuación Ponciano Collado cuanta un hecho que ocurrió y lo cuenta de la siguiente manera:… “Este caso, demasiado verdadero, me lo contó a mí personalmente José Jiménez, que vivió aquella desgraciada época por lo menos para los niños. Se dio la circunstancia con un colegial que tal miedo le tomó al “maestro” que, una noche, le dijo a su padre que le mandara lo que quisiera, que le hiciera lo que quisiera, pero que a la escuela no iba más. Su padre pensó en unos minutos algo para presionar al crío para que volviera a la escuela, y le dijo en estas palabras: “Mira, hijo, ¿sabes lo que he pensado?, que mañana voy a labrar a la partida las “Masdelices”. Te vienes conmigo, me ayudas a hacer una sepultura y cuando hayamos terminado te metes dentro y te entierro vivo. A lo que el chiquillo contestó que sí, que estaba conforme.. Así que sin más comentarios se acostaron. Se pasó la noche y el nuevo día comenzó como todos. Almorzaron, porque allí se almorzaba antes de ir a trabajar. Después de almorzar, cogieron todas las herramientas necesarias para labrar y en media hora ya se encontraban en el bancal que tenía que labrar el padre. Nada más descargar las caballerías, le preguntó al hijo si había pensado otra cosa o estaba conforme en que lo enterrara. A lo que el hijo contestó: Quiero que me entierre antes que volver a la escuela. Entonces el padre cogió una azada y un capazo y comenzó a abrir el pozo para el enterramiento. Cuando lo tenía a medio hacer le preguntó si seguía pensando igual, a lo que éste contestó que sí, que pensaba igual. El padre le dijo: Si piensas igual, ayúdame a sacar tierra y así terminaremos antes. Cosa que el hijo aceptó. Cuando ya la fosa estaba terminada, el padre le dijo que ya se podía meter, cosa que el chiquillo sin mediar palabra se tumbó dentro. Seguidamente el padre comenzó a echar tierra encima del difunto vivo, hasta sólo dejarle la cabeza libre para su respiración. Antes de seguir echando tierra, le hizo la última pregunta. Ahora aún estás a tiempo. Si quieres volver a la escuela, te desentierro y aquí no ha pasado nada. A lo que el crío contestó que lo enterrara, que a la escuela no volvía. El padre, al ver la forma de pensar de su hijo y su decisión, sin mediar palabra lo desenterró y le dijo que estuviera tranquilo, que no iría más a la escuela, que iría a cuidar ovejas o con él al campo. Las dos cosas eran malas para una persona de corta edad y encima, en alguna ocasión, recibir alguna paliza de su padre, pero el chico aún lo consideraba mejor que ir a aquella escuela. Tenemos que agradecer a Ponciano Collado esta muestra tan cruda como realista , de cómo era la enseñanza en una aldea en que a pesar de la pobreza y el abandono en que vivían, se acogían a cualquier forma irracional de enseñanza para que sus hijos supieran al menos las cuatro reglas. No podían hacer más. “La letra con sangre entra” decía el refrán y a fe que en esta aldea se cumplía al pie de la letra. Pero hay que tener en cuenta, como bien nos cuenta Ponciano, que en la aldea de El Collado, a finales del XIX ni a principio del XX, no había escuela, ni había maestro…Como bien nos dice Ponciano en sus escritos, “El Collado no tenía ni carretera, ni luz eléctrica, muchas personas nacían y morían sin salir apenas de allí, sobre todo las mujeres, ya que los hombres salían cuando el servicio militar y no todos, pues en esa época había excedentes de cupo. Se malvivía de la agricultura y del ganado… todos disponían de pobreza… En la época de 1890 disponían para cultivar las tierras que cada uno tenía, una caballería, un arado de madera y la reja de hierro, pues todo se hacía a mano. Se hacía el vino y el trigo se llevaba al molino de agua…y a fin de año o antes ya no les quedaba nada a la mayoría, de lo que habían cosechado en el año….El noventa por cien de los padres estaban creídos que a los hijos no había que enseñarles nada, lo tenían que aprender ellos por sí solos y, si no lo hacían, no digo bien sino como ellos… los castigos corporales estaban a la orden del día. El padre que más castigaba a los hijos, mejor mirado estaba por los vecinos. A los chiquillos de siete u ocho años, ya les mandaban a cuidar ovejas, pues casi todos los vecinos tenían alguna. No tenían derecho a nada, más que obedecer y aún así los castigos eran normales. Así que éstos , que por su edad no tenían la suficiente idea para cuidar las ovejas, en ocasiones se ponían a jugar y no se acordaban de las ovejas que tenían a su cargo. Si al vecino se le comían algo de sus cosechas, si éste lo veía, retenía las ovejas hasta que aparecía el pastor que, en ocasiones, sólo tenía siete u ochos años. Cuando éste se personaba, en muchas ocasiones, según la conciencia del perjudicado, así llevaba de castigo el pastor y a sesión continua le decía: “dile a tu padre que esta noche venga a mi casa para hablar del daño que me acaban de hacer tus ovejas en mi propiedad”. Este chiquillo ya sabía que antes o después de encararse su padre con el perjudicado, tenía que recibir en muchos casos los correspondientes azotes, más fuertes o más flojos. En algunos casos, si el crío era nervioso, encerraba el ganado y no iba a casa, por miedo, pero cuando lo encontraban, el castigo no era más pequeño y, además, sin cenar a la cama. ¿Quién no ha leído La Barraca de Vicente Blasco Ibáñez, escrita en 1898? Este autor valenciano refleja en esta novela, no la escuela de la ciudad, sino una pequeña “escuela” en la huerta. Creo que si Vicente Blasco Ibáñez hubiese conocido la vida de los serranos, austeros y rudos como sus secas tierras de montaña, hubiera reflejado fielmente también en una novela como tan bien lo ha sabido hacer Ponciano Collado –nacido en Vizcota- en su manuscrito.. Pero Blasco Ibáñez nos habla de una escuela paralela, pero diferente. Diferente es el medio y diferentes son los personajes . En la primera montaña, personajes rudos y pobreza bien repartida: en la segunda, huerta, personajes influidos por un medio menos austero… pero reflejando algunos párrafos de esta novela, veremos que la situación escolar y el sistema tienen mucha semejanza. Un maestro que no es maestro y una escuela que no es escuela. Copiendo a Blasco Ibáñez podemos establecer estos paralelismos: “Nunca el saber se vio peor alojado; por lo común, no habita palacios. Era una barraca vieja (la escuela), sin más luz que la de la puerta y la que se colaba por las grietas de la techumbre;… En toda la barraca no había más que un objeto nuevo, la luenga caña que el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el cañaveral vecino… pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas de aquellos pequeños salvajes. Libros, apenas si se veían tres en la escuela; una misma cartilla servía para todos. Empujado por la miseria (el “maestro”), había caído allí… como podía haber caído en otra parte. ¿De dónde era el “maestro”? Todos los vecinos lo sabían: de muy lejos, de allá de… Y enarbolando la caña empezó a repartir sonoros golpes:…… Tan a ciegas iban los golpes, que los demás muchacho se apretaban en los bancos, se encogían, escondiendo cada cual la cabeza en el hombro del vecino; y a un chiquitín, asustado por el estrépito de la caña, se le fue el cuerpo. Formaban los muchachos por parejas, cogidos de la mano…. Y salían de la barraca, besando antes la diestra escamosa de don Joaquín y repitiendo todos de corrido al pasar junto a él. ¡Usted lo pase bien! ¡Hasta mañana si Dios quiere!…y si mañana sé algo malo, andará la caña suelta como un demonio. Desgraciadamente, ésta era la situación de la enseñanza a finales del XIX y principios del XX , en los numerosos lugares en los que el Gobierno no había podido establecer las correspondientes escuelas con maestros titulados. (Mi agradecimiento a Ponciano Collado, nacido en la aldea de Vizcota, por estas memorias escritas, -fiel reflejo de aquella vida lejana recogida fielmente de las personas que conocieron a los protagonistas, y a Salvador Rubio –profesor de instituto nacido en Alpuente- por habérmelas proporcionado).
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